El personaje del mes
Williamina Fleming
Dundee, 1857 (Escocia) / Massachusetts, 1911 (Estados Unidos)
Por Lourdes Cardenal
Que te traicione precisamente la persona que tú crees que te quiere más, la persona con la que has decidido compartir tu vida y a la que más quieres tú, es lo más doloroso.
Una no se repone fácilmente de algo así. Y luego está la sociedad, que no ve con buenos ojos que una mujer joven como yo, se gane la vida para poder mantener al hijo de la persona amada que la abandonó.
Pero esa es mi historia.
Yo vine al mundo el 15 de mayo de 1857, en Escocia, la segunda de seis hermanos, en el seno de una familia humilde pero culta a su manera. Mi padre era artesano, trabajaba la madera tallándola y dándole preciosos acabados dorados que luego convertía en marcos. Pero además recuerdo que era muy aficionado a un nuevo tipo de técnica para obtener imágenes, la fotografía con daguerrotipo. Siendo yo muy pequeña ya me planteaba dudas y me hacía sentir una curiosidad creciente para descubrir por qué sucedían las cosas. Su inclinación científica es una de las pocas cosas maravillosas que me regaló, y tal vez, de las únicas, porque se murió cuando yo tenía siete años. En mi memoria de niña, era mi héroe y mi ejemplo a seguir.
Qué podía yo hacer, sino imitarle. Estudié cuanto estaba a mi alcance, y sólo con catorce años, cuando el resto de mis amigas no pensaban más que en divertirse, yo me hice maestra al mismo tiempo que seguía estudiando, aprovechando un sistema en el que mientras recibía mi propia educación, ayudaba enseñando a otros alumnos menos aventajados. Y como la situación económica de mi familia era muy precaria, yo seguí trabajando desde entonces, para poder continuar con mis estudios y no suponer una carga para mi madre, que hacía lo que podía para mantenernos a mí y a mis cinco hermanos.
Cuando unos años después me presentaron a James, creí ser la chica más afortunada del mundo, al pensar que él me querría y me cuidaría siempre. Era un hombre discreto, bastante mayor que yo, lo que le daba una apariencia de seriedad para mí. Me pareció profundamente religioso y supuse que su experiencia en la vida había sido trágica, porque estaba viudo cuando lo conocí.
A mis 19 años, me enamoré perdidamente de aquel maduro y apuesto contable de Dundee que se fijó en mí. El me protegería y yo curaría sus heridas con mi amor. Para mí eso bastaba. De hecho, James lo tenía todo. Así que, el 26 de mayo de 1877, recién cumplidos los 20, James Fleming y yo nos casamos en la iglesia presbiteriana.
Pasaban los meses y no nos iba nada bien.
Puerto de Dundee (Escocia) hacia el último tercio del siglo XIX. Fuente: © Wikipedia
Cuando tienes problemas para llegar a fin de mes, el ambiente en casa no suele ser bueno. Después de darle muchas vueltas, de noches sin dormir y de días sin nada que hacer, decidimos probar suerte en la tierra de las oportunidades, y a finales de 1878, hicimos una sola maleta con nuestras escasísimas pertenencias, nos despedimos de nuestras familias, y sin mirar atrás para no arrepentirnos, nos embarcamos en un buque y una empresa que nos cambiaría la vida.
Como tantos otros extranjeros, llegamos a Boston en pleno invierno. Su puerto se levantaba imponente y majestuoso para recibirnos, con su niebla gris y su frio corazón de hierro y acero, que latía al ritmo inexorable de la transformación industrial de la ciudad, destino obligado para miles de inmigrantes pobres que huían del viejo continente.
La mayoría de los que venían con nosotros eran obreros sin preparación que no sabían ni leer ni escribir. Por eso, mi marido y yo, dos personas cultas con estudios, esperábamos que América se rindiera a nuestros pies, pero nuestros cálculos no fueron los correctos. Sólo había puestos de trabajo sin cualificar, y por supuesto, nada para mujeres. Pero yo era feliz, estaba dónde y con quién quería estar y no hubiera querido volver por nada del mundo.
Y, además, estaba lo de Edward, porque sería un niño. Nuestro hijo. Poco después de llegar a Boston supe que estaba embarazada. Las señales eran inequívocas, no tuve ninguna duda. Pero con la preocupación de no encontrar trabajo allí tampoco, no veía momento para darle a James mi buena noticia. Yo correteaba alegre cada mañana, arreglaba el cuchitril que teníamos por casa en el humilde barrio obrero, y esperaba cada día con impaciencia la llegada de James. Todos los días se cumplía el mismo ritual. Llegaba a casa malhumorado y cansado. El poco dinero que habíamos reunido para el viaje, se estaba terminando. Y no parecía haber luz al final de aquel túnel, salvo para mí, que sentía la risa en mis ojos y la emoción de la espera.
Aquella noche no pude más. Ya se me notaba bastante, aunque él parecía no haberse dado cuenta. Nos sentamos juntos a cenar una sopa demasiado licuada para mi estado, un poco de pan y carne seca, y le tomé de la mano y se lo dije.
Habría esperado cualquier reacción. De alegría. De preocupación, de tristeza. Que me hubiera dicho algo, una palabra de apoyo o de condena, algo que me hiciera pensar que yo significaba algo para él. Ningún sonido salió de sus labios. Se levantó y arrastrando los pies, se dirigió al jergón que usábamos por cama y se tumbó allí de cara a la pared, dándome la espalda, como si lo que yo acababa de decirle no tuviera el menor sentido. Pensé que la sorpresa le habría dejado sin palabras. Y el cansancio. No quise molestarle y me quedé sentada en la silla, toda la noche.
Debí quedarme dormida, porque ya se veía la cruda luz del día cuando me desperté.
No había rastro de James, sus pocas cosas tampoco estaban. No había una nota. Tampoco estaba el dinero que nos quedaba. Ni dos libros de texto que habíamos llevado con nosotros. Sólo vi la foto de nuestra boda, hecha con la misma técnica que usaba mi padre y que era mi mayor tesoro. Allí estábamos, los dos, yo de pie tras su sillón, mirando sonriente al fotógrafo, sabedora de tener toda una vida de ilusión por delante, y a mi lado, James, sentado con expresión severa, mirando a la cámara sin verla, nublada la vista por pensamientos tristes.
Nunca más volví a verle.
Aquello me dejaba en una delicadísima posición. Sola, sin recursos, embarazada, sin trabajo, sin ayuda por parte de nadie, sin otra familia que el bebé que se estaba gestando. Qué fácil habría sido perder. Asumir la derrota y despedirse. Volver con los sueños hechos trizas y la pena en los brazos. Qué sencillo matar las ilusiones y dejarse caer en el olvido.
Siempre he creído que nuestro destino lo decidimos nosotros. Yo no iba a claudicar, aunque James nunca volviera conmigo. Ni se me pasó por la cabeza la idea de rendirme, al contrario. Ese mismo día me eché a la calle a buscar el modo de poder seguir. Daría clases, enseñaría la disciplina que fuera, haría cualquier cosa. Yo había llegado hasta allí buscando mi oportunidad, y a lo mejor, esta era la forma en la que se me presentaba.
Que ilusa fui al creer que podría vivir de la enseñanza. Al poco vi que, para una mujer extranjera, una inmigrante pobre como yo, había muy pocas ofertas de trabajo. Una familia irlandesa me habló del profesor Pickering, a quien no conocía, y que necesitaba con urgencia una persona para su servicio doméstico. Allí me fui, me entrevistó y al día siguiente entré a trabajar como ama de llaves en su casa. El salario era ridículo y las jornadas agotadoras, pero yo era fuerte y podría con todo. Me vi obligada a trabajar para sobrevivir. Hice lo que otras mujeres ya habían hecho antes que yo. Con la diferencia de que ellas igual no tuvieron la oportunidad de hacer nada mejor, pero yo sí. O tal vez, yo busqué esa oportunidad.
Edward Charles Pickering., director del Observatorio de Harvard. Fuente: © Wikipedia
Edward Charles Pickering, el caballero para quien yo trabajaba, era desde hacía tres años, el cuarto director del Observatorio de la Universidad de Harvard. Era una persona muy amable y educada, y antes de eso, había sido profesor de física en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Me trataba con mucho respeto y se sorprendía mucho cuando comprobaba mis habilidades. Yo llevaba las cuentas de su casa, y organizaba para él y su esposa cuanto estaba en mi mano.
Cuando nació el bebé, me apoyaron en todo. Para honrarles, lo llamé Edward Pickering, aunque seguía llevando el apellido paterno que también era el mío.
Pasaba el tiempo y yo le era cada vez más imprescindible. Pickering confiaba en mí casi para todo. Tenía grandes ideas, pero a veces, fallaba en el método para llevarlas a la práctica. Y eso se extrapolaba a su trabajo en el observatorio. Por aquel entonces, realizaban catálogos estelares basados en datos espectrales que tenían que organizar y el profesor se enojaba diariamente por la incompetencia de sus empleados varones, poco eficaces para la realización de trabajos mecánicos de tanta precisión. Luego volvía a su casa, y mientras yo les preparaba la cena, nos contaba lo enfadado que estaba, pensando que yo, su ama de llaves – y también una maestra que poseía una excelente base en matemáticas y en lógica – probablemente les podría dar a todos una lección.
Observatorio del Harvard College a mediados del siglo XIX. Fuente: © Wikipedia
No era difícil entender las señales. Como asistente suya podría serle de gran ayuda. Solamente tenía que esperar. Además, la ciudad de Boston, centro neurálgico de la inmigración en aquella época, era un enclave único de innovación y educación, con instituciones como la Universidad, el entorno académico en el que tenía la tibia esperanza de poder adentrarme, aunque el mundo científico fuera hasta entonces un lugar reservado exclusivamente a los hombres.
Y así sucedió. Un día me invitó a acompañarle para una sencilla tarea administrativa a tiempo parcial en el observatorio, y tiempo después, en 1881, me contrató formalmente como miembro del personal para ayudar en el análisis de espectros estelares.
Aún recuerdo la emoción de aquel trabajo de verdad.
Lo primero que hice al llegar, fue copiar en limpio las observaciones manuscritas por los astrónomos, a los libros de registro. Pero mientras lo hacía, no pude dejar de observar fallos en los cálculos matemáticos de los asistentes que lo habían hecho previamente, y así se lo hice saber al profesor. Ese primer día vi también cientos, miles de placas fotográficas de vidrio, tiradas por todas partes y llenas de polvo que demandaban atención.
El tiempo fue pasando y yo fui ganando independencia y reconocimiento.
Mentiría si dijera que no me costó sacrificios, muchos y muy grandes. El mayor fue el tener que enviar a mi hijo a Escocia, de vuelta a casa, para que mi familia se hiciera cargo de él y yo pudiera trabajar sin descanso aquellas interminables jornadas de nueve o diez horas de lunes a sábado, todos los días del año, doblada sobre una mesa de luz sobre la que apoyaba los vidrios de las fotos que estudiaba. No volvería a ver a mi hijo hasta mucho tiempo después, cuando yo ostentaba ya un cargo que me permitía mantenerle y que posibilitó que le diera la formación académica que yo no pude tener.
Y el sabor agridulce de la memoria. Triste por estar sola, pero con la pasión por los descubrimientos astronómicos que hicimos, como el de mi primera estrella variable en 1881. Al revisar las placas de los espectros de las estrellas de la constelación de Cetus, comprobé que una de ellas presentaba líneas de emisión de hidrógeno brillantes, que era un rasgo característico de las estrellas que cambiaban su luminosidad, pero lo raro fué que, al comparar otras placas tomadas en distintas fechas, vi que el brillo de esa estrella cambiaba, aumentaba y disminuía periódicamente. Usando solamente las fotografías astronómicas, que era el método de Pickering, pudimos validarlo descubriendo así una estrella variable. Fue un momento especial. La estrella se catalogó como SAO 118442 y desde entonces, dejé de ser una asistente administrativa para convertirme en una astrónoma de pleno derecho. Mi sacrificio había merecido la pena.
Williamina con las pilas de placas del Observ. del Harvard College en 1892. Fuente: © Wikipedia
Ahora que han pasado los años, miro atrás con cariño y lo que veo me reconforta. En el Observatorio, hemos creado un grupo formado por mujeres, todas ellas dotadas de un juicio crítico y un sentido de la organización muy especial, además de unos cerebros brillantes que solo esperan ser entrenados. Me enorgullece saber que yo fui la pionera y que mi esfuerzo sirvió para abrirles camino. Las he liderado con mano férrea pero cariñosa. Y hemos llegado hasta aquí. 310 estrellas variables, 10 novas, la preciosa e imposible Nebulosa de la Cabeza de Caballo, en Orión, y el sistema de clasificación por hidrógeno.
Cada día me siento más fatigada. El cansancio me puede. Pero ya no me preocupa que, cuando yo no esté, no puedan seguir sin mí. Les dejo mi legado. Mis sistemas de clasificación, mis cuadernos, mis placas de vidrio con mis notas, que, si mal no recuerdo, superan un par de cientos de miles. Segura estoy de que sabrán hacer muy buen uso de todo. Para poder continuar descubriendo el porqué del universo, cómo de lejos están las estrellas, o que extraño destino se esconde en sus luminosos corazones, palpitantes a veces como minúsculas máculas oscuras frente a nosotros.
Fleming se encuentra de pie en el centro, entre las «computadoras» de su Observatorio. Edward Pickering está a la izquierda. Fuente: © Harvard University Archives
Williamina Paton Stevens Fleming (1857-1911) fue una astrónoma estadounidense de origen escocés, que realizó numerosos descubrimientos de cuerpos estelares, abriendo el camino para las mujeres en un campo hasta ese momento, reservado a los hombres.
Se la conoce sobre todo por elaborar un sistema de clasificación de estrellas, consistente en asignar por orden alfabético una letra, según la cantidad de hidrógeno observado en su espectro estelar, estudiado en los vidrios sobre los que se revelaban sus imágenes fotográficas. Las estrellas clasificadas con la letra A estaban formadas por hidrógeno casi en su totalidad, las B tenían menos hidrógeno, y así sucesivamente. Annie Jump Cannon, otra gran astrónoma compañera y sucesora de Fleming, se basó en este sistema para desarrollar una clasificación de la temperatura de las estrellas, que sería la piedra angular para el reconocimiento de todos los patrones estelares, y que se sigue usando en la actualidad.
El método de clasificación de Williamina Fleming fué mejorado por Annie J. Cannon, que decidió organizar las estrellas según su temperatura superficial. Sin embargo, mantuvo los nombres del sistema anterior, por lo que la clasificación tiene la extraña forma OBAFGKM. Fuente: © UAM
Williamina colaboró en el análisis fotográfico de espectros estelares y contribuyó activamente a la confección del “catálogo Henry Draper”, y en menos de nueve años, clasificó más de 10.000 estrellas. Al mismo tiempo descubrió 59 nebulosas gaseosas, 10 novas y 310 estrellas variables para las que estableció los primeros estándares fotográficos de magnitud usados para medir su brillo. Ella era la responsable y líder de un grupo de mujeres bautizado por sus logros como las “calculadoras de Harvard”, entre las que se encontraban además de Fleming, grandes astrónomas como Henrietta Swan Leavvitt, Annie Jump Cannon y más tarde, Cecilia Payne.
En 1907, con 50 años y ya siendo una astrónoma de prestigio, publicó un listado que contenía las 222 estrellas variables que había descubierto. Y en el año de 1910, un año antes de su muerte, estudió espectralmente el primer resto de estrella de poca masa o “enana blanca” que ya era conocida como 40 Eridani B. A ella se le atribuye el mérito del descubrimiento de la primera enana blanca.
Portadilla del Catálogo Henry Draper (edición de 1890). Fuente: © Wikipedia
La astrónoma sentó las bases metodológicas de la ciencia de datos, funcionando como si fuera un algoritmo creado para organizar todo el trabajo. Dotada de una mente privilegiada, paciencia, una excelente vista, y un claro juicio matemático, estructuraba su sistema de procesamiento con pulcritud y eficiencia. A lo largo de sus años en el observatorio, había manejado un volumen masivo de datos para su época. Además, poseía una increíble habilidad para el reconocimiento de patrones, usando tan solo sus ojos y una lupa con los que detectaba anomalías en las líneas espectrales más claras o descubría delicadas formas oscuras, como la Nebulosa Cabeza de Caballo.
Delicada de salud y extenuada por la increíble sobrecarga de trabajo, falleció de una complicación neumónica días después de su 54 cumpleaños. Sucedió en Boston y su hijo, por entonces ingeniero de minas en Chile, no pudo llegar a tiempo para despedirse.
Esta es la placa fotográfica B2312, en la que Williamina descubrió la Nebulosa Cabeza de Caballo. Los tres círculos negros representan las estrellas del cinturón de Orión. La Nebulosa Cabeza de Caballo está marcada con un círculo justo debajo de la primera de estas estrellas. A la derecha, fotografía de la Nebulosa Cabeza de Caballo , por la ESO Fuente: © Biblioteca Wolbach, Universidad de Harvard, Wikipedia
El trabajo sistemático que Williamina Fleming incorporó a la Universidad de Harvard, ha permitido a los astrofísicos tener hoy el mayor conjunto de datos históricos del mundo, un archivo que cubre un siglo entero de observaciones, desde 1885 hasta 1992. Ningún satélite digital moderno tiene datos de hace 100 años. Los modelos de IA entrenados actualmente con sus placas sirven ahora para analizar los datos que envían los telescopios espaciales modernos, demostrando que la astrofísica del futuro no existiría sin el esfuerzo y la brillantez de aquel grupo de mujeres del Boston decimonónico.
La vida de esta gran astrónoma, que se iniciaba infeliz, es un bello ejemplo de resiliencia intelectual. Cada placa fotográfica analizada es un acto de rebeldía silenciosa contra las limitaciones de su época. Su figura deslumbra en los catálogos estelares y se transforma en un símbolo universal de la capacidad humana para iluminar lo desconocido. Cada estrella que clasificó es una luz eterna que nos recuerda que, incluso desde la oscuridad más profunda, la perseverancia puede ordenar el caótico cosmos y dejar una huella imborrable en la historia.