El personaje del mes
Gerard Kuiper
Tuitjenhorn, 1905 (Holanda) / Ciudad de Mexico, 1973 (Mexico)
Por Lourdes Cardenal
Lejos del sol todo es noche. Todo es oscuridad y frío.
Restos grises o negros, con aristas, congelados, curvos o rocosos donde apenas llega una muy esquiva luz. Objetos que completan una órbita al cabo de mil tiempos, que danzan obligados por la silenciosa gravedad. Diferentes, chocantes, polimórficos, bocetos de cuerpos ideales que acaso nos hubieran arrebatado nuestra privilegiada posición en el sistema.
Un reino sombrío que nadie podía ver y del que no era posible demostrar la existencia.
Hubo de llegar en el meridiano del siglo XX un astrónomo holandés que imaginaría la forma y el concepto de ese extraño mundo, bautizado en su honor cuarenta y dos años después.
El 30 de agosto de 1992, dos astrónomos, David Jewitt y Jane Luu, hallaron un objeto helado que parecía tener un diámetro de 280 km, a 44 unidades astronómicas del Sol, en los confines del sistema solar. El objeto, al que denominaron 1992 QB1 (luego llamado Albión), fue descubierto tras cinco años de búsqueda sistemática con el telescopio de 2,2 metros de la Universidad de Hawai.
De ese modo, después de Plutón y su satélite Caronte, Albión se convirtió en el primer objeto confirmado del cinturón, una región teóricamente predicha por Gerard Kuiper en 1951, que sugería la existencia de cuerpos más allá de Neptuno para explicar el origen de los planetas y de ciertos cometas.
Primeras imágenes de 1992 QB1 (o Albion) tomadas desde
el Observatorio Europeo Austral. Fuente :© NASA
Desde entonces, se han identificado miles de objetos en esta región, formada sobre todo por planetas enanos, asteroides y cuerpos helados que parecen ser testigos mudos de la formación del sistema solar.
Ilustración artística desde un objeto del Cinturón de Kuiper. Los cuatro planetas más grandes de nuestro sistema solar aparecen como puntos brillantes, pero los planetas interiores están demasiado cerca del Sol para ser vistos. Fuente: © NASA, ESO y G. Bacon
Gerard Kuiper nació en diciembre de 1905 en Harenkarspel, un pequeño municipio holandés que hoy forma el nuevo municipio de Schagen.
Desde pequeño, sentía gran afición por la astronomía, alimentada por su padre y su abuelo que con siete años le regalaron un telescopio. También le ayudaba su buena vista. Parece que era capaz de ver estrellas de magnitud 7,5, cosa que para la mayoría de las personas es prácticamente imposible, pues supone ver a simple vista estrellas cuatro veces más débiles de las que suele distinguir el ojo humano.
Kuiper, buen estudiante, terminó sus estudios secundarios y de magisterio con notas muy brillantes, pero tenía otras aspiraciones y se trasladó a la Universidad de Leiden, donde hizo física y se doctoró en 1933.
Se marchó a Estados Unidos ese mismo año y poco después se hizo ciudadano americano. Residiendo allí, trabajó en los observatorios de Yerkes y McDonald’s, de la Universidad de Chicago.
En una primera etapa se había dedicado al estudio de las estrellas, y de hecho el director de su tesis, que versaba sobre estrellas binarias, fue Ejnar Hertzsprung (quién, al mismo tiempo que Henry Russell, ideó el famoso diagrama H-R que se utiliza actualmente para la clasificación de las estrellas, dibujando un gráfico donde se traza cada estrella para medir su brillo en comparación con su temperatura).
Pero después, hacia la década de los cuarenta, se dedicó a investigar sobre los planetas, que le resultaban mucho más interesantes. Descubrió la atmósfera de metano alrededor de Titán, una luna de Saturno, lo que demostró por primera vez que un satélite diferente a la Tierra podía contener una capa gaseosa significativa.
Consideró que el componente más importante de la atmósfera de Marte era el dióxido de carbono y también dedujo que los anillos de Saturno estaban compuestos por partículas de hielo.
En 1947 descubrió la quinta luna de Urano, a la que llamo Miranda y dos años después, la segunda luna de Neptuno, a la que llamó Nereida. En 1950, a los 20 años del descubrimiento del planeta Plutón, Kuiper hizo la primera medición fiable visual de su diámetro.
Miranda, satélite de Urano descubierto por Kuiper, visto por la sonda Voyager 2. Fuente: © Wikimedia Commons
Su contribución más importante, y por la que sería universalmente reconocido, fue la propuesta sobre el origen de nuestro sistema solar, y de que los planetas se habían formado por la condensación de una gran nube de gas existente alrededor del Sol, a partir de los “planetesimales”, objetos sólidos con un diámetro mayor a 1 km aproximadamente, que existían en la nebulosa solar y cuya fuerza interna estaba dominada por su propia gravedad. En esa primitiva nebulosa de gases y polvo en forma de disco, las partículas sólidas más masivas se condensaban y atraían a las más pequeñas, originando otros objetos cada vez más grandes que, en el curso de millones de años, acabarían creando los planetas. Por consiguiente, si esta teoría era correcta, debía existir más allá de la órbita de Neptuno, una región con forma de disco compuesta por objetos helados, transneptunianos, que serían los restos de la formación de nuestros planetas y en la que se originarían muchos de los cometas que venían a visitarnos.
Ilustración artística del Cinturón de Kuiper. La parte interior del mismo comienza en la órbita de Neptuno. Fuente: © NASA, ESO
Kuiper fundó el Laboratorio Lunar y Planetario en la Universidad de Arizona en 1960, del que fue director hasta 1973. Allí se desarrollaron las pruebas del vehículo lunar Ranger, que permitiría verificar la solidez de la superficie lunar con vistas a los primeros alunizajes, donde el astrónomo señalaría los lugares más idóneos para hacerlo.
Su estudio de las propiedades de la superficie lunar permitió que la NASA diseñara con mayor precisión las misiones Apolo, esencial para el éxito del alunizaje de 1969. Hay una anécdota curiosa en la que Kuiper, gran conocedor de la astroquímica, imaginaba cómo se sentiría alguien al caminar sobre la superficie de la Luna y lo describió como “caminar sobre nieve crujiente”. Neil Armstrong admitió que así había sido cuando pisó nuestro satélite por primera vez.
Gerard Kuiper, en el Laboratorio Lunar y Planetario de la Universidad de Arizona. Fuente :© NASA
A título personal, Gerard Kuiper era una persona exigente, pero al mismo tiempo muy trabajadora. Pedía a los demás lo que él mismo ya estaba haciendo y sus alumnos, entre los que destacaría Carl Sagan, lo admiraban por la dedicación y la devoción que exigía y la seriedad con la que trataba todo aquello que estudiaba.
Trabajó incansable hasta su muerte en 1973, que ocurrió inesperadamente durante unas vacaciones en Ciudad de México, a causa de un infarto.
Fue uno de los primeros científicos que dedicó años de estudio a las propiedades de los planetas, lo que repercutió en la planificación y desarrollo de las misiones espaciales de finales del siglo XX y principios del siglo XXI. Su trabajo sirvió como base para muchas de las prácticas modernas dentro de la astronáutica. Fue pionero en la utilización de telescopios infrarrojos y técnicas fotográficas avanzadas, mejorando notablemente las metodologías de observación espacial.
En su honor se dio su nombre al primer cráter descubierto en la superficie de Mercurio por la sonda Mariner 10, a un cráter lunar, otro marciano, y al asteroide 1776.
Pero, sobre todo, el nombre de este astrónomo, está ligado a la del “cinturón de Kuiper”, esa oscura región de helados objetos que permanecieron alejados y mudos tras la agitada formación planetaria que sería el origen de nuestro mundo, y de los otros mundos que acompañan al nuestro.
Crater Kuiper en Mercurio, visto por la sonda Messenger en 2008. Fuente: © Wikimedia Commons