El personaje del mes
Edmund Halley
Haggerston, 1656 (Inglaterra) / Greenwich, 1742 (Gran Bretaña)
Por Lourdes Cardenal
En el invierno de principio del año 1684, yo había asistido a una cena histórica con dos miembros de la recientemente fundada Royal Society. Me estaba refiriendo a Christopher Wren, arquitecto de la Catedral de San Pablo, y al insigne Robert Hooke, entre cuyos numerosos méritos se encontraban la famosa Ley sobre la física de los muelles y sistemas elásticos que lleva su nombre, y la visualización del mínimo sistema vivo, la célula, como la había llamado por su semejanza con una pequeña celda.
De aquella cena, alimentada con manjares y cuestiones astronómicas, había surgido una duda razonable, completamente cartesiana, sobre el movimiento de los planetas. Todos estaban de acuerdo en que la fuerza de atracción entre los planetas y el Sol disminuía de forma
inversamente proporcional al cuadrado de la distancia entre ellos. Si, como ya sabíamos, los objetos celestes tales como planetas, sus lunas, y cometas, viajaban en torno al sol, ¿qué tipo de órbitas describirían a su alrededor y cómo sería posible calcularlas matemáticamente?
Ninguno de nosotros podía demostrar aquellas curvas.
Tres años antes, en 1681, el astrónomo italiano Giovanni Cassini había tenido la deferencia de conversar conmigo y explicarme su ingeniosa teoría de que los cometas eran, desde luego, objetos con órbitas semejantes a los planetas. Esta idea cuajó en mí y durante ese año y el
siguiente, hice numerosas observaciones de cometas, las registré y las documenté minuciosamente. Hubo uno, en septiembre de 1682, que me llamó la atención. Investigando, creí descubrir que seguía un patrón de apariciones anteriores, cada 75 años. El problema es
que, salvo las dos o tres veces previas, no sabía dónde buscar ningún registro más. Si al menos hubiera podido calcular su órbita, y si era cierto lo que yo pensaba, que era periódico y volvía, tendría idea de las fechas exactas de sus apariciones, y lo que era mucho más importante, sería
capaz de predecir las siguientes.
De izquierda a derecha, Halley, Hook y Wren protagonizan la casi desconocida apuesta más importante de la humanidad. Fuente: © Wikipedia
Armado sólo con mi imaginación, recorrí todos los documentos que pude, yendo atrás en el tiempo, de todos los registros importantes en torno al periodo en el que se completaba su vuelta. Deduje que las apariciones registradas en los años 1607 por Kepler, 1531 por Pietrus
Apianus y 1456 por Regiomontano, en Alemania, eran las descripciones más serias que podía encontrar, y estaba seguro de que se debían al mismo cuerpo que regresaba una y otra vez a la Tierra.
Y por eso, aquella noche de enero del 84, me encontraba con mis colegas de la Royal Society, intentando dar respuesta a los interrogantes. Ya Hooke, enojado, había sentado cátedra diciendo que él ya lo sabía, pero que se reservaba su resultado para sí. Los demás, no
estábamos tan seguros de que lo supiera.
Pasaban los meses y nadie plasmaba en una fórmula la respuesta. Por entonces, había oído hablar de una persona muy poco dada a reuniones sociales, pero al que, con el pesar de algunos, la mayoría de los científicos reconocían como el mejor matemático de todos los tiempos.
No tenía nada que perder por intentarlo, y aunque me sentía muy inseguro, decidí que debería hacerle una visita.
El viaje desde Londres había sido agotador.
Con timidez llamé a la puerta. Tardó un rato en abrirse y en el umbral adiviné una silueta silenciosa. La habitación estaba oscura, alumbrada solamente por el último sol que se colaba por la ventana. Era un día de finales de agosto, y aunque era verano, Cambridge tenía fama de estar casi siempre nublado. La silueta me invitó a pasar.
El más grande de todos los matemáticos, de todos los tiempos, de todos los pensadores, los librepensadores, los ecuacionistas, las mentes preclaras y el resumen de lo máximo que en ese momento la humanidad era capaz de dar de sí, me saludó. Cómo decirlo, yo estaba subyugado y un poco temeroso de lo que fuera a pasar. Ingenuamente me había acercado allí para obtener respuestas. Nunca pensé que aquella noche algo cambiaría para mí, para él y para el mundo.
Newton y el movimiento orbital. Fuente: © David Parker / SCIENCE PHOTO LIBRARY
Me miró como si yo no estuviera delante de sus ojos. Los paseó sobre mí, a través de mí, como buscando algo más o intentando averiguar quién se atrevía a molestarle en su paraíso privado.
Y yo, que era el miembro más joven de la Royal Society, pero capaz de discutir con los mayores, con científicos de la talla de Christian Wren y Robert Hooke, me sentí tremendamente intimidado. Aun así, me armé de valor y me presenté.
– “Buenas tardes, maestro, disculpe mi atrevimiento y mi intromisión. He venido desde Londres con la única intención de hacerle una pregunta a la que estoy seguro que es el único que puede responderme.”
– “¿Cómo es posible que los cometas vuelvan de nuevo? ¿Qué leyes rigen, por tanto, el movimiento de los planetas y cómo podríamos calcular esas órbitas que parecen ser circulares?”
El maestro Isaac Newton, un hombre de constitución delicada, algo enfermiza, de carácter depresivo y de cuarenta y un años, volvió a mirarme sin verme.
– “Las órbitas son elípticas. La fuerza con la que se atraen y la velocidad a la que van estén en relación con el cuadrado de sus distancias y eso se deduce de las leyes de Kepler, que ustedes conocerán, supongo.”
Asombrado, le escuché.
– “¿Cómo que elípticas? ¿Desde cuándo sabe eso? “
Ahí fue cuando me invitó a sentarme. No me ofreció nada, solo sentarme
– “Ya hace mucho tiempo de esto, lo deduje y no sé por dónde lo he puesto, creo que lo he extraviado. “
Lo dijo con la mayor naturalidad, sin un ápice de duda siquiera, como si lo más normal del mundo fuera entender las leyes de la física clásica prácticamente redactadas por Dios. Como si todo fuera para él simple y sencillo, aunque lo que aquel hombre me estaba contando, abría
una puerta fascinante a un mundo nuevo o a un nuevo entendimiento.
– “¿Y no podría volver a recuperarlo, rehacerlo ora vez, reescribirlo?”
– “Sí, sí, no se preocupe, lo haré.”
Esto último me lo respondió con cara de fastidio. Y añadió, como si siguiera sin verme….
– “¿Cómo dijo que se llamaba?”
– “Edmund Halley, señor. Soy miembro de la Real Sociedad, doctor por Oxford, profesor de geometría y astronomía y sobre todo un estudioso de los astros.”
– “Ah, sí, bueno, pues ya hablaremos.”
Me dio la espalda y entendí que ahora me invitaba a marcharme.
Volví a casa con la sensación de haber perdido el tiempo, de que aquel hombre no me había tomado en serio y no pensaba volver a ponerse en contacto conmigo.
Por eso me sorprendió tanto recibir su carta unas semanas después.
En ella magistralmente estaba recogido el hecho de que las órbitas eran elípticas, y había
reducido a una ecuación el movimiento de los planetas. Había redactado sus cálculos que luego desarrollaría ampliamente, y, aunque muchos astrónomos no utilizaban las leyes de Kepler por aquel entonces, Newton había intuido su gran importancia y las había revitalizado demostrándolas a partir de su ley de la gravitación universal.
No dando crédito volví a visitarle.
Isaac Newton, al que desde entonces llamé mi amigo, era un hombre herido. Y, además,
soberbio y un poco arrogante, pero tan inteligente que podía permitírselo.
Yo descubrí a la persona que de verdad era y cultivé su amistad. Viví y conviví a la sombra de un genio mucho más grande que el mío. Asumí con humildad que él sabía o intuía más que yo y lo que hice fue aprovechar aquellos brillantísimos conocimientos para mi propio estudio.
Página del libro «Philosophiae Naturalis Principia Mathematica»
donde Newton explica el movimiento elíptico. Fuente :© Wikimedia
Viendo su sufrimiento y el abandono al que se había visto sometido, dediqué todos mis esfuerzos a animarle. Acabé convenciéndole para que volviera a redactar todas aquellas hermosas ecuaciones que nos devolvían la mirada de Dios.
Pero la Royal Society no podía financiarlo, estando como estaba al borde de la quiebra.
Yo soy una persona de convicciones una persona íntegra, creo. Hice lo que cualquier otro en mi situación hubiera hecho también. Dado que por parte de mi familia disponía de la capacidad económica para poder financiar aquella magna obra, así lo hice y la primera parte vio la luz el 5
de julio de 1687.
Motivado por mi entusiasmo, Newton acabó de escribir los tres volúmenes de la obra ”Philosophi Naturalis Principia Mathematica” y yo la financié para que pudiera publicarse. Desde entonces y hasta el día de su muerte nos unió una gran amistad basada en el respeto mutuo y en el conocimiento de que los hombres, por distintos que sean, buscan muchas veces la verdad por caminos comunes o diferentes. Fue mi amigo y me sentí muy orgulloso de serlo, de que me tratara así y de que pudiera presumir de vivir a la sombra de su genio.
Por eso, sentí enormemente su muerte, pero mi vida caminaría ahora por otros derroteros.
Gracias a sus hallazgos y a la resolución simplista de todos los problemas, comprobé las trayectorias de más de una veintena de cometas, entre ellos uno muy especial que venía del espacio más lejano y que nos visitaba sistemáticamente cada tres cuartos de siglo. Un cometa que hacía su aparición generalmente en mitad de catástrofes y guerras y al que se le temía tanto como se le odiaba.
Fui capaz de deducir cómo era aquel astro negro y lejano que volvía cada setenta y cinco años para brillar en nuestro cielo. Que su trayectoria era elíptica y que estaba unido al sol por la gravedad, no pudiendo escapar a su destino hasta que el mismo tiempo acabara por devorarlo entero.
No pude ver aquello que predije y en lo que acerté.
El cometa de 1682 observado por Cassini III (nieto de Giovanni Cassini) desde el Observatorio Real
de Paris a su regreso en 1759, tal y como había predicho Halley. Fuente: © Bibliotheque Nationale, Paris
Mi cometa volvió tal y como yo había dicho, en las fechas previstas por mí. Y siguió volviendo y volviendo con el mismo periodo que yo había calculado.
Y supongo que para recordarme le dieron mi nombre, “1P/Halley”, a ese cometa proveniente de la nube de Oort de periodo corto, entre setenta y cinco y setenta y nueve años y órbita excéntrica y elíptica con rotación asíncrona respecto a la de los planetas.
Hice muchas otras cosas, publiqué libros de muchas clases, enseñé, pero si me recordáis es, siempre, cuando miráis al cielo y veis esa brillante estrella de Belén, ese cometa fugaz que en 451 condujo a la derrota a Atila frente a romanos y visigodos, y en 1066 le otorgó en Hastings la victoria a los normandos, que después plasmarían gloriosos en el tapiz de Bayeux. Ese astro de mal agüero que es muy difícil de ver más de dos veces en la vida, que pasa muy cerca de nosotros y que se acabará perdiendo en el olvido dentro de muchos años.
Edmund Halley vino al mundo en Haggerston el 29 de octubre de 1656, según el calendario juliano, o el 8 de noviembre de 1656 según el gregoriano.
Hijo de un próspero fabricante de jabón londinense, desde pequeño sintió mucho interés por las matemáticas. Estudió en la St Paul`s School de Londres, donde desarrolló su interés inicial por la astronomía, y desde 1673, en The Queen`s College de Oxford.
Dos años después, el joven Edmund se atrevió a escribir al astrónomo real, John Flamsteed, para exponerle ciertos errores existentes, encontrados por él, en las principales tablas publicadas sobre las posiciones de Júpiter y Saturno y también de algunas posiciones estelares de Tycho Brahe.
Queen’s College de Oxford, en un grabado de mediados del siglo XVIII
Fuente: © Wikimedia Commons
Como Flamsteed estaba realizando un Catálogo estelar del hemisferio norte, Halley quiso contribuir realizando uno del Sur y para ello viajó en 1676 a la remota isla de Santa Elena, una región inhóspita que se alzaba solitaria en mitad del Atlántico Sur, imponente por su oscuro color de origen volcánico y distante más de dos mil kilómetros de la costa más próxima en África.
La isla, perteneciente a la corona británica, era un territorio azotado por el viento y bajo un cielo plomizo, que rezumaba desolación. El clima insular no era bueno y las nubes apenas se abrían para él cada noche, por lo que, con mucho esfuerzo, había catalogado 341 estrellas y observado un tránsito de Mercurio, entre 1676 y 1677, datos que publicó dos años después en el “Catalogus stellarum australium”.
Portada y páginas interiores del libro Catalogus Stellarum Australium de Edmund Halley, publicado en 1679. Fuente: © Internet Archive
A su regreso a Inglaterra en 1678, fue nombrado miembro de la Royal Society y, solicitando la ayuda del rey, fue nombrado Magister en Oxford.
Edmund Halley, que fue amigo personal de Isaac Newton desde 1684, lo animó a escribir la obra “Philosophiae Naturalis Principia Mathematica” y le prestó ayuda financiera.
Una vez establecidas las leyes del movimiento determinadas por Newton, las aprovechó para calcular, por primera vez, la órbita de un cometa previamente observado por él y del que suponía un retorno periódico. Publicó sus resultados en 1705 en la obra “Synopsis
of the Astronomy of Comets”, donde predecía que el cometa se haría visible en diciembre de 1758, aunque era consciente de que los campos gravitatorios de otros planetas podrían alterar su trayectoria y, por tanto, su periodo.
Años más tarde, el matemático Clairaut, estudió los efectos gravitatorios de Saturno y Júpiter sobre el cometa. Este pudo verse el día de Navidad de 1758 y alcanzó su perihelio (punto más cercano al Sol) a finales de marzo. Con menos de un mes de error, Clairaut había calculado que se produciría el 13 de abril de 1759. Como ya se imaginaba Halley, no vivió para verlo.
A partir de 1698, Halley realizó dos expediciones de navegación a bordo del Paramore por las costas australes de África y América, haciendo observaciones sobre las condiciones del magnetismo terrestre y dibujando la primera carta marítima con las curvas isógonas (igual campo) o “curvas halleyanas”. También completó un estudio sobre los vientos dominantes, alisios y monzones, y los representó en un mapa de la forma en que se han mantenido hasta la actualidad.
En 1725 publicó un mapa estelar en tres volúmenes, que contaba con la posición exacta de 3000 estrellas determinadas desde el recientemente inaugurado Observatorio de Greenwich.
A la muerte de John Flamsteed, en 1720 le sucedió como astrónomo real y director del Observatorio de Greenwich, cargo que ocupó hasta su muerte, en 1742 a los 85 años.
Grabado del barco de Halley, el HMS Paramore. Fuente: © Hakluyt Society
Su reconocimiento universal le llegaría por tanto en la Navidad de 1758, cuando reapareció en el cielo el elegante astro previsto por él, que desde entonces lleva su nombre.
Edmund Halley había desentrañado el secreto de los cometas. Estos cuerpos, al contrario de lo que se creía, no eludían las leyes celestes. Simplemente sus órbitas eran tan alargadas y excéntricas que algunos de ellos tardaban miles de años en aparecer y cuando lo hacían sólo eran visibles para nosotros durante períodos muy cortos de tiempo. Una y otra vez, sus caminos extraños y oscuros les traían, inexorablemente, de vuelta a casa.
Ultimas visitas del cometa 1P/Halley, en 1835, 1910 y 1986. Fuente: © Wikimedia Commons