Curiosidades

Tunguska, el evento de Siberia

Krai de Krasnoyarsk (Rusia), 30 de junio de 1908

Por Lourdes Cardenal

Algunas noches de invierno cuando hace mucho frío y el cielo se pinta de oscuro y parece que va a nevar, miro los ojos azules de mi perro y juraría que me habla. Juraría que me está contando historias que le han debido contar cuando era muy pequeño, historias que vienen de hace muchas generaciones, cuando sus antepasados poblaban las estepas siberianas.

Historias de hace más de un siglo, de un amanecer en el principio del verano de lo que recordaban sus ancestros, de lo que vieron y de lo que pudieron imaginar. Mi perro abre mucho los ojos y me habla, tal y como se lo contaron a él, de la columna azul que partió el cielo en dos hacia la primera hora de la mañana. Del cenit lleno de fuego, de los árboles ardiendo, del ruido ensordecedor y de todos los animales corriendo en todas direcciones para huir de aquel sonido tan intenso del que algunos no pudieron recuperarse, y de la luz cegadora, más brillante que el sol, que les habría hecho daño en los ojos, que les habría quemado por fuera y por dentro.

Como un volcán estallando, como un incendio, el bosque en llamas, el cielo en llamas, los árboles negros, la mayor parte de los animales muertos, sólo algunos, los más rápidos o los más listos que pudieron salvarse, los que tuvieron la suerte de no estar demasiado cerca y de tener muy desarrollado el instinto de conservación.

Representación artistica del objeto que ocasionó la explosión.

Mi perro, a su manera, me cuenta que ha llegado a través de muchas y muchas generaciones de huskyes siberianos la historia de aquella mañana de junio, en la que el cielo se volvió blanco, azul y rojo, y todo el calor del mundo bajó desde los árboles y arrasó cuánto había debajo.
El antepasado de mi perro se salvó.
De hecho, en 1908 aquella zona de Siberia apenas estaba poblada.
Y no se registraron bajas humanas.

Mapa con la localización del evento de Tunguska.  Fuente: @ Wikipedia

Pero 2100 kilómetros cuadrados de árboles fueron arrasados por el fuego de una forma instantánea, así como todo resto de vida que hubiera en ellos. El lugar, era la zona que se extiende a ambos lados del río Podkamennaya Tunguska, en Yeniseysk, ahora llamado Krai de Krasnoyarsk, en Siberia, Rusia. El día, según el calendario ruso, el 17 de junio; según el europeo, el día 30. En la primera hora de la mañana.
Lo que sucedió, una roca de 37 metros de anchura que llegó del espacio, entrando en la atmósfera de la Tierra y explotando antes de tocar el suelo, con una energía equivalente a 185 bombas atómicas, como la que se lanzó sobre Hiroshima muchos años después. Quemando 80 millones de árboles, derribándolos como si fueran cerillas, en un patrón radial.

Los testigos que pudieron presenciar algo, y que estaban al menos a 65 kilómetros de la zona cero, describieron una inmensa columna de luz azulada, que cruzaba el cielo y que era brillante como el sol. A los diez minutos hubo un destello y un sonido como de disparos. La magnitud de la explosión fue enorme. Y entonces llegó la onda de choque que rompió todos los cristales y derribó al suelo a las personas, a cientos de kilómetros de distancia. Esta onda sísmica pudo ser registrada por barómetros sensibles en lugares muy lejanos al epicentro. Como consecuencia de las nubes densas que se formaron sobre la región, a grandes altitudes, la luz solar se reflejaba en ellas, desde detrás del horizonte, haciendo que el cielo nocturno brillara como si fuera un atardecer, e incluso, en Asia, hubo testimonios de personas que aseguraban que era posible leer un libro con esa luz en la medianoche.

El Evento Tunguska: los efectos en las inmediaciones de la “zona cero”. Fuente: @ National Geographic

Árboles de la taiga derribados por el impacto en Tunguska. Fuente: @ National Geographic

En Europa, además de los registros efectuados por los sismógrafos y los barógrafos, el principal efecto del fenómeno fue éste: una rara luminiscencia nocturna que se produjo a causa del polvo con el que quedó impregnada la atmósfera, que al dispersar la luz permitía leer de madrugada en las calles de numerosas ciudades del continente.

En España, el periódico “La Vanguardia”, edición del 3 de julio de 1908, describió en sus noticias el hecho de que en Londres se hubiera producido un extraordinario fenómeno celeste «parecido a una aurora boreal», con un gran resplandor de fondo que parecía un incendio.
El bólido gigantesco, no impactó contra el suelo, no hubo un cráter de impacto, la mayor parte se consumió en la explosión. Llegó a la atmósfera terrestre a una velocidad de aproximadamente 53.900 kilómetros por hora. Durante su caída, la gran roca que pesaba 110.000 toneladas, calentó por fricción el aire a su alrededor hasta alcanzar una temperatura de 24.700 ºC.

A las 7:10 de la mañana y a 8.500 metros de altitud, la combinación de presión y calor provocó que el bólido se fragmentara y se destruyera, produciendo de este modo una bola de fuego y liberando energía equivalente a 185 bombas atómicas, y una onda de choque que fue recorriendo todo el planeta y que se pudo registrar en estaciones sismográficas y meteorológicas, que lo hizo temblar como un terremoto de más de 5º en la escala de Richter y que dio varias veces la vuelta a la Tierra a través de la atmósfera, dejando en los barógrafos el registro del enorme y brusco cambio de presión en el aire.

En 1927, la primera expedición científica viajó al lugar del suceso. Habían pasado casi 20 años, pero la falta de interés del gobierno ruso, unido a las extremas condiciones de la zona del interior de Siberia (un clima de -60º en invierno y 40º en verano, con carreteras intransitables la mayor parte del tiempo, y cuyo mejor medio de acceso era la navegación fluvial) les habían impedido alcanzar antes el área de la explosión.

Ciento trece años después de lo ocurrido, aun se discute si el bólido era un cometa que se acercó peligrosamente a la Tierra, o un asteroide.
Los que lo vieron desde lejos contaron un evento de absoluta destrucción. Cerca, no estuvo nadie, tal vez aquel antepasado de mi perro, que se hallaba lo suficientemente lejos y que fue lo suficientemente rápido como para poder contarlo a todos sus descendientes. Para que aún hoy, mi perro, cuando me mira, sea capaz de transmitirme esta historia.

Para Argos, mi perro siberiano

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